La palabra laico procede del griego y significa “uno del
pueblo”.Esta palabra se utiliza desde
los primeros siglos de la Iglesia de Cristo para distinguir entre el fiel que
pertenece al clero y el fiel que vive en la sociedad.
La definición formal de “laico” nos la da La Constitución
Dogmática Sobre la Iglesia, “Lumen Gentium”, de 1964, que bajo el Papa Pablo VI
nos dice:“Con el nombre de laicos se
designa atodos los fieles cristianos, a
excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso [ ]; es
decir, [los laicos son] los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el
Bautismo, [ ] ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo
cristiano en la parte que a ellos les corresponde».
Ya en 1946 el Papa Pio XII había pronunciado un importante
discurso indicando textualmente:“Los
fieles, y más precisamente los laicos,
se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos, la
Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos, ellos
especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de
pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia…”.
Ser laico es un estado que permitea los bautizados participar en la Iglesia de
diferentes maneras y en diferentes áreas, según los talentos y vocaciones de
cada persona.A veces es difícil por
diversas razones participar activamente en la Iglesia, pero siempre es posible
colaborar de alguna otra manera para que la comunidad de fe siga creciendo y
trabajando por el bien común.
El ser bautizado es un privilegio, y como todo privilegio
esto conlleva una responsabilidad. El
ser laico no significa permanecer al margen de la Iglesia ni al margen de la
sociedad. Significa, precisamente, vivir
la religión en la sociedad.El Papa Juan Pablo II tenía mucha fe y creía con
verdadero entusiasmo en el papel que el laico debía desempeñar, hoy más que
nunca, en la sociedad. Y en su
Exhortación Apostólica “Christifideles
Laici” en 1988 nos dice textualmente: “Nuevas situaciones, tanto eclesiales como
sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy
particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido
siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable: A nadie le es lícito permanecer ocioso”.(JPII)
Quizá uno de los ejemplos más claros que tenemos sobrela vocación y la misión de laico en la
sociedad,lo encontremos en Santo Tomás
Moro, nacido en Londres en 1477. Tomás recibió una excelente educación clásica, graduándose
como abogado en la Universidad de Oxford , y su carrera en leyes lo llevó al
parlamento.
Fue un hombre de gran sabiduría, reformador, y amigo de
varios obispos.En 1516 escribió su
famoso libro "Utopía" que aún hoy es leído por católicos y no
católicos. Atrajo la atención del rey Enrique VIII quien lo nombró para
variospuestos importantes y
finalmentecanciller en 1529.En lo más alto de su carrera, Tomás renunció
en 1532, cuando el rey abogaba por romper la unidad de la Iglesia.
Tomás Moro pasó el resto de su vida escribiendo.En 1534, con su buen amigo el obispo John
Fisher, se negó a rendir obediencia al rey como cabeza de la Iglesia. Estaba
dispuesto a obedecerlo, sí, pero sólo dentro de su campo de autoridad, que es
lo civil, pero no aceptaba su usurpación de autoridad sobre la Iglesia. Tomás y
el obispo Fisher se ayudaron mutuamente a mantenerse fieles a Cristo en un
momento en que la gran mayoría cedía ante la presión del rey pues tenían miedo
a perder sus vidas.Tomás Moro y John
Fisher demostraron lo que es ser de verdad discípulos y amigos de Cristo
pagando el máximo precio. Fueron encerrados en La Torre de Londres, y 14 meses
más tarde, nueve días después de la ejecución del Obispo Fisher, Tomás Moro fue
juzgado y condenado como traidor.Su
respuesta a la corte fue que él "...no podía ir en contra de su conciencia".
Ya en el andamio para la ejecución, Tomás le dijo a la gente
allí congregada que él moría como "Buen servidor del rey, pero primero de
Dios".Fue decapitado el 6 de julio
de 1535. Santo Tomás Moro es un gran modelo para todos los fieles laicos, en especial para los
políticos, gobernantes y abogados, de quienes es el Santo Patrono.
Que su valentía y amor a Dios y a su Iglesia nos
inspire para mantenernos firmes e íntegros en la verdad, sin inspirar ni guardar
odios ni venganzas.
***
FILOSOFÍA Y TRABALENGUAS
Por: María Elena Rodríguez
Episodio No. 11, Granitos de Mostaza
Disponible en Sección RADIO
La palabra “filosofía” puede despertar evocaciones muy diversas en las personas según su experiencia particular en torno a esta
disciplina.Habrá quien, por ejemplo, al escuchar esta palabra
recordaráaquel libro gordo que tuvo
que estudiar en la preparatoria; otra persona quizá pensará en el maestro de
barba oscura y aire solemne que hablaba en televisión.
Estas diferencias de apreciación personal,
sin embargo, no afectan en nada a la esencia de lo que la filosofía es: el amor a la
sabiduría y búsqueda auténtica de la verdad.Pero la filosofía no se queda
en los libros ni en las mentes: se vive cada día,¡y hasta se contagia!.Y el proverbio aquel que dice que "de músico,
poeta y loco todos tenemos un poco", se queda corto, porque de filósofo también
tenemos otro poco. Todo lo que
pensamos, decimos o hacemos está tamizado por la forma en que entendemos la
vida,al hombre, las relaciones humanas,los valor como la justicia, la honestidad, la
ética, la moral, etc.
Existe una concepción filosófica de origen muy antiguo que
está resurgiendo con gran fuerza en la actualidad y que con la bandera de la
"tolerancia" y la "pluralidad" mal entendidas, está dando lugar a una cultura de
“lavarse las manos”, como Pilatos, ante cuestiones que requieren una valoración
seria.Hablamos del relativismo social.
No es extraño que esta corriente filosófica cree confusión y
caos pues ella misma, desde su origen, presenta contradicciones obvias.Proponiendo que nada es bueno ni es malo, sino
que cada cosa es relativa al individuo, elimina todo valor absoluto:así, el bien y el mal no existen, sino lo que
cada persona considere "bueno" o "malo".Mostrándose como "generosidad" y "civilidad", todo lo acepta: no critica, no
opina, no evalúa. En lo ético y moral, todo se vale porque "todo es
debatible".Desde el relativismo se
niega la existencia de la verdad, pues lo que puede ser verdad para una
persona, puede no serlo para otra.En
pocas palabras, para el relativista no existen ni valores ni verdades
absolutos.Y si seguimos esta lógica, al
final, nos damos cuenta de que este relativismo se autodescalifica pues, si
todo es relativo, entonces el relativismo también es relativo, aunque suene a
trabalenguas.
Pero un verdadero
trabalenguas es lo que les presentamos a continuación y con el que intentamos
ejemplificar esta forma de pensar cada vezmás común, y que llega a veces a confundir a la persona que
verdaderamente quiere ser fiel a sus convicciones cristianas. Don Antonio Millán-Puelles, filósofo y escritor español,
fallecido en 2005,recurre a unos versos
muy populares, precisamente, de otro reconocido español, Ramón de Campoamor:
En este mundo traidor
nada es verdad ni es mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.
A lo que responde con gracia Don Antonio:
Pues… si en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira,
tampoco será verdadni será mentira, que
nada es verdad ni es mentira, en este mundo traidor. Ni siquiera será verdad, ni
será mentira, que Campoamor fue el autor de estos versos. Además, ¿de qué color
tendrá que ser el cristal a través del cual puede verse, que nada es verdad ni
es mentira en este mundo traidor? Porque algún color habrá de tener ese
cristal, digo yo; y entonces ese color dependerá del que tenga, a su vez, el
cristal con que cada hombre lo quiera mirar, y así, hasta el infinito...
Ocurrente, Don Antonio, pero con mucho sentido.El católico no puede ser relativista, porque
tiene bien claro, entre muchas otras cosas, que la vida cristiana es gracia
divina, pero también es lucha interior diaria a favor de la verdad y del bien,
pero no únicamente del bien individual que se acomoda a cada gusto y a cada
circunstancia, sino el bien verdadero, universal, y que se acomoda a todos los seres humanos.Esto es posible, yS.S Benedicto XVI nos dice cómoen su tercera encíclica,Caritas in Veritate,sobre el desarrollo humano integral y el amor
en la verdad, y queen 2009entrega a todas las personas de buena
voluntad.Este documento está al alcance
de un click en el sitio web del Vaticano y se ofrece en varios idiomas: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate_sp.html
Nos ha tocado vivir una época en la que parece que el tiempo
no nos alcanza.Tantas actividades,
distancias que recorrer, tantas tareas, compromisos, problemas…
En las grandes ciudades, sobre todo, este ritmo de vida es la
norma.Ante todo esto, un momento de
relajación nos cae de maravilla.¿Qué
tal, por ejemplo, un masaje corporal con aceites perfumados? ¿O que tal
escuchar música relajante a la luz de las velas y con inciensos aromáticos
inundando nuestro ambiente? Estas técnicas de relajación no tienen nada de
extraño ni de nuevo.Sin embargo, sí
resulta extraño y novedoso para un católico ver a una persona en meditación
frente a la Pirámide del Sol, con un Rosario en una mano y una piedra de cuarzo
en la otra; o ver a la vecina rezar alrededor de una planta de maíz.
En cuestiones de espiritualidad, desde hace algunas décadas
se ha estado dando en nuestra sociedad una cierta cultura de la mezcla, de la
indefinición y, por lo tanto, de la confusión.Esta corriente cultural se llama New Age, o Nueva Era, y se caracteriza
por tomar elementos de las grandes religiones, incluyendo el Cristianismo, pero
más que nada de las religiones orientales,del espiritismo, de las terapias alternativas, la psicología
transpersonal, la ecología radical, la astrología, el gnosticismo, el
esoterismo y otras corrientes.Mezcla
todo lo anterior y lo comercializa en una gran variedad de productos y
servicios, como son ciertos aceites, piedras, libros, música, masajes,
terapias, etc.Como tiene de todo un
poco, siempre hay algo que nos identifique con ella. De ahí su éxito y su
propagación en las últimas décadas por todo el mundo.
Es interesante notar que una y otra vez a lo largo de la
historia el hombre ha soñado con la llegada de una edad de oro para la
humanidad, con un mundo feliz y perfecto en el que no haya ni enfermedad, ni
pobreza, ni guerra, ni hambre, ni limitaciones, ni divisiones.El hombre quisiera ver el universo entero
transformarse mágicamente ante sus ojos y convertirse en algo radicalmente
nuevo. Quisiera librarse definitivamente de la problemática mundial que él
mismo ha causado. Este sueño hoy se deja sentir con más vigor que nunca.
Nuestro mundo tiene bienestar, pero no logra eliminar su pobreza; tiene libertad
pero sigue esclavizándose;la ciencia,
sabe mucho y resuelve problemas, sí, pero ha creado otros.Estamos técnicamente avanzados, pero
espiritualmente hambrientos.
Esta desilusión ha conducido a muchas personas a un vacío
existencial.Surge así la cultura New Age,
presentándose como una espiritualidad atractiva pues no tiene, ni se ajusta, a
ninguna estructura,ninguna jerarquía,
ningún dogma, ninguna disciplina ni doctrina.Habla de muchas cosas que tocan la fe católica, por ejemplo de Dios, de
la creación, de la vida, de la muerte, de la meditación y del sentido de
nuestra existencia, pero sólo hasta donde no la comprometa con algo incómodo
como es el arrepentimiento, la confesión, el sacrificio. Se trata entonces de
una espiritualidad light.Y como recurre
a elementos del catolicismo, es fácil asociarla con esta religión.
Sin embargo, es importante notar lo siguiente:el "dios" de la New Age es una fuerza, una
energía impersonal y sin nombre, mientras que en la fe católica tenemos a
Jesús;el "dios" de la New Age no es el
Creador, sino lo creado. El Dios (con mayúscula) de la
fe católica es infinitamente superior al hombre; el "dios" de la New Age es el
hombre mismo, que está más allá del bien y del mal. En la fe católica el amor
más alto es el amor a Dios y al prójimo; en la New Age el amor más alto es el
amor a sí mismo, y por lo tanto, es egocéntrico.La meditación, en la New Age,se
orienta a descubrir y potencializar una energía cósmica interior;la oración cristiana se basa en la Palabra de
Dios, se centra en la persona de Cristo, lleva al diálogo amoroso con Él, y desemboca, siempre, en el amor al prójimo y
en la búsqueda del bien común.
El Cardenal Norberto Rivera Carrera, de México, ha estudiado
profundamente este tema, y ya en 1996, alertaba sobre el mismo en una
Instrucción Pastoral Sobre la New Age que publicó en ese año.Recomendamos la lectura de este
documentooun resumen del mismo que contiene 18
preguntas y respuestas básicas que el Cardenal Rivera Carrera ha publicado y
fácilmente localizables.
Leer más: Importantes aportaciones de Eduardo García Gaspar a este artículo:
http://contrapeso.info/articulo-5-3958-94.html
Leer más: "18 preguntas sobre New Age" del Card. Norberto Rivera Carrera:
Los mediosmasivos nos
dan cuenta de las conductas reprobables de algunas personas dentro de la
Iglesia, dígase laicos o dígase consagrados.Estos hechos nos entristecen, indignan, y no a pocos hacen dudar de su
fe.Sin embargo, y sin quitarle ni un
ápice de realidad a estos tristes casos, hasta dónde los medios en realidad
están interesados en informar y hasta dónde maximizan y explotan estos trágicos
acontecimientos para beneficio propio y detrimento de la Iglesia y la fe.
Siendo un poco más analíticos nos damos cuenta de que los
medios masivos no hacen aspaviento con las historias inversas, es decir, las
historias de grandes figuras que han dejado una vida extravagante, conflictiva
o torcida para convertirse y confirmarse en la fe católica.Seguramente estas historias no se venden.Es curioso notar sin embargo que, en
ocasiones, es precisamente este tipo de sesgos, tendencias y agendas lo que
produce un efecto totalmente contrario a lo esperado.Es decir, muchas mentes brillantes,al percatarse de estos sesgos empiezan verdaderamente a
interesarse por conocer la verdad, recurriendo a las fuentes originales del
conocimiento y no a los intermediarios tendenciosos. Y es entonces, cuando, en esa búsqueda, se dan
los grandes encuentros, las grandes conversiones.Y eso fue precisamente lo que sucedió a una
importante figura del siglo XX, a Gilbert Keith Chesterton.
Gilbert K. Chesterton, nació en Inglaterra en 1874. “Vivía
lleno de dudas, morbos y tentaciones, en un ambiente ateo y donde él era un
completo agnóstico”, según sus propias palabras. En su adolescencia se acercó
al ocultismo e incluso participó en reuniones para iniciados.Se enamora y se casa con una cristiana
practicante. Hombre de gran inteligencia y de mucho estudio, tanto de artes
como de literatura, filosofía y diferentes idiomas, incluyendo el latín, empieza
escribir artículos sobre arte y política, así como críticas al mundo mecanizado
moderno. En un momento dado, comienza también a percatarse y a denunciar la decadencia
cultural de su época: su búsqueda había
empezado.
Cuando conoce al brillante Sacerdote católico John
O´Connor,se sorprende al comprobar que
éste había estudiado los abismos del mal con más profundidad aún que él
mismo.DiceChesterton: “Que la Iglesia Católica
estuviera más enterada del bien que yo, bueno, se entendía, pero que estuviera
más enterada del mal… me parecía increíble.El P. O´Connor conocía los horrores del mundo pero su fe no se
tambaleaba, pues su pertenencia a la Iglesia Católica le hacía depositario de
un gran tesoro… mismo que compartió con Chesterton.
Pero, cuál fue ese gran tesoro que descubrió Chesterton en
la Iglesia Católica, y quepor más que
estudió y buscó no encontró en ningún otra filosofía, religión, denominación o
secta?Pues el gran descubrimiento, el
gran tesoro fue nada menos que la historia de la iglesia católica y la
misericordia divina.El camino de la fe
de Chesterton empezó en la filosofía y terminó en una historia verdadera de la
que él mismo era parte, una historia llena de hechos reales y hechos divinos. Su intelecto y su anhelo de conocimiento se
llenaron plena y sobradamente de respuestas, respuestas que no dieron lugar jamás
a ninguna duda. Los ataques a la Iglesia
de Cristo hicieron surgir en él un auténtico interés por conocer aquella fe, y
ésta nació y creció tan fundamentada e inquebrantablemente, que hizo de
Chesterton un escritor de grandes obras católicas, mismas que están desde hace 100 años al
alcance de todos, bueno, de todos aquellos que busquen en las fuentes
originales.
Cuando nuestra fe se tambalea ante cuestiones de este mundo,
quizá sea el momento de hacer preguntas y de fundamentarnos un poquito más,
pero no a través de la prensa mal formada o las pantallas espectaculares de Hollywood,
pues nuestra fe podría terminar siendo tan fuerte como el papel periódico y tan fácil
de apagar como el televisor.
La fe Católica es nuestro tesoro; su historia es el mapa, un camino seguro a ella. Quizá los católicos "de cuna" tengamos mucho
que aprender de los católicos por conversión.
Obras de Chesterton en
español se pueden leer en www.aciprensa.com (sección Vidas Ejemplares) y en inglés en www.chesterton.org
Vivimos en una sociedad y en una época en que al parecer se
ha perdido la brújula en áreas antes totalmente definidas, delimitadas y
respetadas. Y eran respetadas no por tratarse de dogmas, sino porque el sentido
común permitía reconocerlas como verdades claras, absolutas e
irrefutables.Peter Kreeft, católico,
profesor de Boston College en E.U., filósofo y escritor de más de 40 obras,
comenta una anécdota en su libro "How to Win the Culture War” (cómo ganar
la guerra de la cultura).
Escribe Peter Kreeft que conoce a un médico, especialista en
nutrición, que viajó al Congo y permaneció allí por dos años tratando de ganar
la confianza de una tribu que no aceptaba la entrada de extraños, y que estaba
en peligro de desaparecer por problemas de mala nutrición. Este médico
logró ganar poco a poco la confianza de aquellas personas, que empezaron a
hacerle preguntas de cómo era la vida en Occidente. Estaban fascinados y
creían verdaderamente lo que el médico les contaba, como lo del viaje a la Luna,
o la destrucción de ciudades enteras con una sola bomba.Pero cuando escucharon que había gente que no
creía en ningún dios… se sonrieron cortésmente,pensando que se trataba de un chiste: ¿Cómo? ¿Acaso nunca habían visto
una hoja de un árbol? ¿Nunca habían escuchado el sonido de una cascada?...La segunda cosa que no creyeron fue que más
de un millón de mujeres, sólo en Estados Unidos,le pagaba a sus médicos para matar a sus
bebés antes de que nacieran. Simplemente su intelecto no lograba procesar
este concepto, no cabía en sus mentes. Pensaron que el médico sólo
pretendía dejarlos con la duda, así que todos los días le pedían queya, por fin, les dijera cuál era el punto del
chiste. Comenta Peter Kreeft: "… y nosotros llamamos a estas tribus
“primitivas""…
Para contrastar esta reflexión, escuchemos ahora unos sencillos y tiernos
versos escritos por un poeta costarricense de gran sensibilidad, Carlos Luis
Sáenz Elizondo,(1899-1983).Se trata de “El Juego de Nunca Acabar”.
Ysi estos versos logran tocar algunas
fibras en nuestro interior… si encontramos más sentido en ellos que en la
anécdota citada, alegrémonos también de seguir siendo aún "primitivos".
El Juego de Nunca Acabar
(Fragmento)
Carlos Luis Sáenz Elizondo (1899-1983)
Juguemos a un juego de nunca acabar:
te beso y me besas,te vuelvo a besar.
Hijo, ¿sabes cómo va el agua a la mar?
¡Pues va en este beso que te voy a dar!
¿Sabes cómo es dulce la miel del panal?
¡Pues es como el beso que tú me darás!
¡Te beso y me besas! ¡Te vuelvo a besar!
¡Y este es el juego de nunca acabar!
Tomado de: “Los Poetas”, de Felipe Mesía
Carballo. 1969. Ed. Serie Clasicos Auriga, Fernández Editores, México. 12ava
Reimpresión, 1991.
Qué agradable es repasar una y otra vez el álbum de fotografías
familiares.Las disfrutamos todas porque
cada una de ellas revela parte de nuestra historia.No importa mucho si algunas fotos salieron
borrosas o movidas.Todas las
atesoramos, y no se nos ocurre en ningún
momento deshacernos de alguna de ellas pues aun las mal enfocadas tienen valor para
nosotros.
Estudiar la historia de la Iglesia Católica es como estudiar
la historia de nuestra familia; es repasar la historia de nuestra fe, de nuestra Iglesia, de todas esas fotos tomadas
desde hace dos mil años; es como hojear un álbum de fotos familiares, lleno de
recuerdos, algunos que nos llenan el corazón de alegría y agradecimiento y otros
que nos entristecen... Sabemos que el tiempo
presente será un día parte de esa
Historia pasada, y que los fieles del futuro repasarán de igual manera las fotos que hoy
están llenando ese gran álbum.
La Historia de la Iglesia
Católica sigue… y el católico comprometido sigue repasando fotos, y
asumiéndolas, y dando gracias, no sólo por las fotos bellas, sino también por
aquellas que salieron mal, que fueron mal tomadas, o mal enfocadas. De las que están un poco movidas o borrosas, no
se escandaliza:con respeto y en
silencio da vuelta a la página y piensa que la historia de hoy la está
escribiendo él.
La Iglesia somos todos, y
todos contribuimos a su historia. Quizá al toparnos con una foto que nos duele
debiésemos preguntarnos qué estamos haciendo como laicos para contribuir con
fotos bellas.¿Saldremos en esas fotos? ¿O estamos solamente detrás de la cámara,
observando, esperando que salgan las fotos paraopinar sobre ellas?
En sus 2000 años de vida, el Cristianismo ha sido testigo
del martirio de 40 millones de fieles. En el Siglo XX hubo más martirios que en
todos los 19 siglos anteriores.Según
datos del Comité para los Nuevos Mártires” constituido en el Vaticano en el año
2000, al siglo XX le corresponden 27 de esos 40 millones de mártires. (*)
Uno de los países que vivió algunas de las páginas más
sangrientas del Martirio Cristiano en el Siglo XX fue México.Los hechos de la persecución anticatólica en
este país no fue parte de la historia oficial sino hasta hace apenas unos años,
cuando empezó a salir a la luz pública gracias a estudios internacionales,
principalmente el del investigador y escritor francés Jean Meyer en 1989.
La Cristiada, o Guerra Cristera, como se
conoce a esa parte de la historia de México, duró alrededor de 30 años a partir de
1926.Muchos sacerdotes, seminaristas y
laicos fueron torturados y asesinados exclamando hasta el último momento:“Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe”.El libro titulado “México, Tierra de Mártires”,
de Fidel González, y publicado en 2002, hace un recuento amplio de esos hechos.En esta misma obra encontramos los siguientes versos, escritos por el P.
Agustín Caloca de 29 años de edad la víspera de su martirio:
Adelante, cristiano caballero.
Mártir cristiano, ya la palma bate,
desprecia el mundo y sus riquezas deja,
porque esto es polvo, es vanidad, es nada:
¡Corre hacia Cristo!
Ofrece el holocausto suspirando,
el cáliz del dolor gustoso liba,
y abraza el leño que te lleva al Cielo:
¡Mira a Jesús!
Ángel del Cielo, mi plegaria escucha:
tú que repartes lauros de victoria,
rápido baja, el sacrificio acepta,
¡Llévalo al Cielo!
(*) “México, Tierra de Mártires”, Fidel González, Ed. Alba, México, 2002.
***
EDITH, LA INTELIGENTE
Adaptación para
Radio: María Elena Rodríguez
Granitos de Mostaza
Episodo No. 13, disponible en Sección RADIO.
“Edith la Inteligente”.Así llamaban a Edith Stein desde su niñez, en Breslau de la Silesia, parte de Polonia, donde nació en 1891.La llamaban asípor la gran cantidad de libros que leía y por
su amor al estudio.Última niña entre
once hermanos, Edith creció como una
joven seria, estudiosa, de talento privilegiado, ¡pero nada religiosa!… esto
apesaraba a su mamá, pues ella siempre inculcó a sus hijos la religión
judía.Pero más pesar causó Edith cuando
se retiró definitivamente de su religión para entregarse al estudio de la
filosofía… buscando la verdad.Por este
camino llegaría al punto de no creer en nada y más tarde al ateísmo.Sin embargo, su conducta personal permaneció
siempre intacta: limpia e intachable. ¿Cuál era su problema entonces? Pues hacer
muchas preguntas y no encontrar respuestas que la convencieran.
Estalla la Primera Guerra Mundial y se enlista como
enfermera.Después, regresa a sus
estudios, en los que sobresale. Obtiene con brillantez el doctorado y se
convierte en profesora de filosofía. Profundiza también en la psicología y la
fenomenología, pero en cierto momento todos estos conocimientos empiezan a
parecerle incompletos, insuficientes.Nunca imaginó Edith que el conocimiento de la verdad le llegaría de la
manera más sencilla e inesperada…
Por algún tiempo, Edith Stein estuvo hospedada en casa de
unos amigos católicos. Una tarde se queda sola, y toma el primer libro que
encuentra por ahí.Era nada menos que la
autobiografía de Santa Teresa de Jesús.Edith escribiría más tarde: “comencé la lectura y quedé totalmente
atrapada, ya no pude detenerme hasta terminarla. Cuando cerré el libro me dije:
esta es la verdad”.Sedienta de leer
más, Edith se consigue un misal y luego el catecismo católico. Acto seguido, va
a una iglesia, habla con el sacerdote y le pide que la bautice urgentemente.Por supuesto que no podía recibir un bautismo
exprés, pero después de prepararse adecuadamente se le concede: tenía entonces 31
años.
Al parecer, antes de leer la vida de Santa Teresa de Jesús,
ciertos acontecimientos habían entreabierto ya el camino de conversión de Edith,
sin que ella misma se diera cuenta.Había muerto un amigo de ella en el frente de batalla, y presenciar la
resignación cristiana de la esposa sacudió profundamente los cimientos
filosóficos de Edith pues ¡cómo explicar esa forma serena de aceptación! ¡y en
qué se basaba!, ¡de dónde brotaba esa fuente de paz y confianza!En otra ocasión, durante una visita
turística, entra por unos minutos a un templo católico, y estando en respetuoso
silencio, ve que entra una señora con su bolsa del mercado parahincarse a rezar.Edith escribe:“Esto era para mí algo totalmente nuevo, que
no había visto ni en las sinagogas ni en las iglesias protestantes, donde se
asiste sólo para el culto, no dentro del trabajo diario y con el único propósito
de estar a solas con Dios”.
Después de esas vivencias tan conmovedoras donde es testigo
de la fe de otras personas y la suya propia, Edith empieza a reconocer que sus
estudios resultan insuficientes ante el conocimiento de las cosas de Dios, y
decide hacerse monja carmelita.No todos
sus directores están conformes pues piensan que tanto talento serviría más al
mundo y a la iglesia si ella se dedicara a enseñar y a escribir, y no encerrada
en un convento, sin embargo Edith ya está convencida de que la verdad no está
en las cosas del mundo… sino en las de Dios.
Pero se desata la Segunda Guerra Mundial… y con ella la
persecución de Hitler contra los judíos.Edith recibe ofrecimientos de protección, a lo que ella responde:“No es justo que me beneficie de mi Bautismo.
Si no puedo compartir el destino de mis hermanos, mi vida, en cierto sentido,
queda destruida»….Edith sabía que el
amor y la verdad son dos cosas inseparables, si no, sólo se trata de una
mentira.En 1942 la persecución llega al
convento y la sacan de ahí, y junto con su hermana Rosa, son puestas en un tren
hacia Polonia.Edith escribe:“Suceda lo que suceda, estoy preparada. Dios
está con nosotros con toda la Trinidad”.Tres días después de estas líneas Edith muere en las cámaras de gas del
campo de concentración de Auschwitz…
Edith Stein no corrió ante el Goliat de aquella guerra.Los que la conocieron en el campo de concentración
y sobrevivieron, cuentan que con paso sereno, con dominio total, y al pendiente
de las necesidades de sus compañeros, ella caminó sin turbarse hacia las
cámaras de gas.
Necesitaríamos muchas páginas para relatar toda la vida de
Edith Stein. Ojalá que este breve recorrido nos invite a conocer más de ella y
de todas sus facetas como mujer ejemplar, como educadora y como verdadera
intelectual.Una mujer que buscó la
verdad en la filosofía, y siendo su búsqueda auténtica y honesta, el resultado
no podría ser otro: encontró la verdad absoluta, la verdad con mayúscula,
encontró a Dios.
El Papa Juan Pablo II canoniza a Edith Stein en 1998 con el
nombre de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, recordando estas palabras escritas
por ella: “No aceptéis como verdad nada que carezca de amor; y no aceptéis como
amor nada que carezca de verdad”.Y es
que una cosa sin la otra, es sólo una mentira.
Más sobre Edith Stein y la orden carmelita, en inglés y en español:
Si usted ha tenido la oportunidad de visitar la ciudad de
Puebla, en México, se habrá podido dar cuenta de que existen iglesias católicas
casi a la vuelta de cada esquina, abiertas inclusive en la noche, para
Adoración del Santísimo Sacramento.Claro está, la historia del catolicismo en esa ciudad y en ese país es muy
particular.La situación cambia en otras
localidades y desde luego en otros países donde la religión católica no es
mayoritaria.
Existen parroquias y templos de diferentes tamaños y
estilos.A veces son pequeñitas y
modestas pero con mucha actividad, a veces naves enormes y de gran belleza
arquitectónica, pero casi desiertas .Eso
nos habla de su historia particular pero también del grado de participación de
los feligreses.Hay lugares donde las
parroquias son escasas y otros donde las que existen se han convertido en
museos, ya sea porque la población fiel ha emigrado o simplemente porque la fe
se ha ido diluyendo.En algunas partes
las iglesias tienen dificultades para solventar sus gastos, terminando por
cerrar sus puertas o convertirse en oficinas públicas o lugares de interés
turístico.Este es el menos triste de
los casos pues existen otras razones mucho más serias por las que las
parroquias se cierran o son destruidas, como lo es la persecución anticatólica.Hoy en día, en pleno siglo XXI, aunque nos
parezca poco creíble, hay países donde el catolicismo se practica a escondidas,
con el riesgo de perder la libertad o la vida.
Para quien cuenta con varias parroquias activas en su
comunidad es fácil dar por hecho que siempre estarán ahí, pero si nos
informamos un poco nos damos cuenta de que estamos en un error.Presuponer que siempre tendremos templos, independientemente
de lo que hagamos o dejemos de hacer, es poner en riesgo no sólo los lugares
para las prácticas católicas sino el catolicismo mismo.La parroquia es un lugar de encuentro con el
Señor, pero también es cierto que la Iglesia somos todos los fieles,
consagrados y no consagrados.Y sin
feligreses, no hay parroquias. La existencia de catedrales, capillas, templos,
etc., su mantenimiento, supervivencia y crecimiento dependen de la comunidad de
fieles.
La fe, siendo un don divino, puede nunca faltar, pero las
manifestaciones materiales de la fe sí pueden desaparecer, y no únicamente a
causa de los elementos naturales inevitables.Basta hacer un breve recorrido por la historia de la Iglesia (como la
Cristiada en México, y en España un poco después) o un repaso a las noticias diarias de agencias
católicas internacionales (los noticieros comerciales no se interesan por estas
notas) para darnos cuenta de la situación real.El catolicismo está en peligro.Dedicarnos
a señalar con el dedo hacia posibles culpables no aporta nada. Es
necesario reflexionar y darnos cuenta de que practicar la religión y contribuir
al mantenimiento de nuestras iglesias es vital; de que el peligro real del
catolicismo no está sólo en las ideologías ateas que niegan la existencia de
Dios, sino en las que atacan a las religiones, es decir las anti-teas, muy
activas en la destrucción de la fe, especialmente la fe católica por ser la que
más defiende públicamente la dignidad del ser humano. Estas ideologías anticristianas a veces recurren a la simple y
aparentemente inofensiva ridiculización de las prácticas religiosas, o
negándoles voz y voto como grupos sociales, como lo es cualquier otro grupo, dignos
de atención pública.Tristemente, los
mismos católicos contribuimos a veces a este anticatolicismo cuando festejamos estas caricaturizaciones.Otras veces, es la falta de estudio de
nuestra religión lo que nos hace fácilmente influenciables por corrientes que,
ondeando banderas “pacifistas” atacan al catolicismo por su “rebeldía”.El católico, aunque pacífico, nunca ha sido
ni será pacifista ante la injusticia, y es el primero y en pie firme cuando se
trata de defender públicamente, y en cualquier arena, la existencia de Dios y
la dignidad del ser humano, desde su concepción hasta su muerte.Esto ha convertido al catolicismo en el
principal blanco de muchos ataques por parte de grupos e ideologías
“progresistas”.Y esto nos demuestra que,
como fieles, tenemos mucho por hacer. Conocer nuestra religión, practicarla
públicamente y colaborar con nuestras parroquias es vital.
La fe es nuestra; las iglesias también lo son. En ellas nos
encontramos con Dios y damos testimonio de nuestra fe. Qué alegría tener
siempre un templo y un sacerdote en nuestra comunidad. Qué
alegría tener donde celebrar y recibir la Sagrada Eucaristía,donde celebrar bautismos, primeras
comuniones, confirmaciones, matrimonios, misas de cuerpo presente; donde
reunirnos para rezar el Rosario, tener ejercicios espirituales, clases de
Biblia; donde recordar la Pasión y Muerte de Cristo; vivir el Adviento, celebrar
el nacimiento de Jesús; donde encontrarnos con Dios en el Sagrario, simplemente
para hacerle compañía y platicar con Él.Y qué alegría saber que esa disponibilidad depende de nosotros mismos,
los fieles, y no de un gobierno contrario al catolicismo o de ideologías anti-teas
como son el comunismo, el cientificismo radical, o corrientes, grupos o
personas que entienden el progreso únicamente en sentido económico y material;
que enaltecen la dimensión física del hombre y niegan o pisotean su dimensión
espiritual.
Mientras existan fieles católicos comprometidos con su Fe y
su Iglesia, habrá parroquias.
M.E.R.
Post Scriptum:
Para un panorama general de la situación de la iglesia
católica en distintas regiones, invitamos a la lectura de un detallado artículo
escrito por Jorge Enrique Mújica, publicado en septiembre 22, 2009:
¿Cuál debe ser nuestra respuesta ante los terribles
escándalos de la Iglesia?
Autor: P. Roger J. Landry
Homilía del sacerdote Franciscano P. Roger J. Landry,
pronunciada en la Parroquia del Espíritu Santo en Fall River, MA (Estados
Unidos), 2010.
La nota de ocho columnas de la semana pasada no se la llevó
el desfile del Super Bowl ni quién sería el mariscal de campo, ni tampoco el
discurso del Presidente al Estado de la Unión hablando de los operativos
terroristas en los Estados Unidos. Nada de esto fue la noticia principal. Los
encabezados fueron capturados por la muy triste noticia de que algunos
sacerdotes en la Arquidiócesis de Boston abusaron de jóvenes a quienes estaban
consagrados a servir.
Es un escándalo mayúsculo, uno que muchas personas que
durante largo tiempo han tenido aversión a la Iglesia a causa de alguna de sus
enseñanzas morales o doctrinales, lo están usando como pretexto para atacar a
la Iglesia como un todo, tratando de implicar que después de todo ellos tenían
razón. Muchas personas se han acercado a mí para hablar del asunto. Muchas
otras hubieran querido hacerlo, pero creo que por respeto y por no querer sacar
a relucir lo que consideran malas noticias, se abstuvieron; pero para mí era obvio
que estaba en su mente. Y por eso, hoy quiero atacar el asunto de frente.
Ustedes tienen derecho a ello.
No podemos fingir como si no hubiera sucedido. Y yo quisiera
discutir cuál debe ser nuestra respuesta como fieles católicos a este terrible
escándalo. Lo primero que necesitamos hacer, es entenderlo a la luz de nuestra
fe en el Señor. Antes de elegir a Sus primeros discípulos, Jesús subió a la
montaña a orar toda la noche. En ese tiempo tenia muchos seguidores. Él habló a
Su Padre en oración acerca de a quiénes elegiría para que fueran sus doce
Apóstoles, los doce que Él formaría íntimamente, los doce a quienes enviaría a
predicar la Buena Nueva en Su nombre. Él les dio el poder de expulsar a los
demonios. Les dio el poder para curar a los enfermos. Ellos vieron como Jesús
obró incontables milagros. Ellos mismos obraron en Su nombre numerosos
milagros.
Pero, a pesar de todo, uno de ellos fue un traidor. Uno que
había seguido al Señor, uno, a quien el Señor le lavó los pies, que lo vio
caminar sobre las aguas, resucitar a personas de entre los muertos y perdonar a
los pecadores, traicionó al Señor. El Evangelio nos dice que Él permitió que
Satanás entrara en él y luego vendió al Señor por treinta monedas en Getsemaní,
simulando un acto de amor para entregarlo. "!Judas," le dijo Jesús en
el huerto de Getsemani, "con un beso entregas al Hijo del hombre!"
Jesús no eligió a Judas para que lo traicionara.
Él lo eligió para que fuera como todos los demás. Pero Judas
fue siempre libre y usó su libertad para permitir que Satanás entrara en él y,
por su traición termino haciendo que Jesús fuera crucificado y ejecutado. Así
que desde los primeros doce que Jesús mismo eligió, uno fue un terrible
traidor. A VECES LOS ELEGIDOS DE DIOS LO TRAICIONAN. Este es un hecho que
debemos asumir. Es un hecho que la primera Iglesia asumió. Si el escándalo
causado por Judas hubiera sido lo único en lo que los miembros de la primera
Iglesia se hubieran centrado, la Iglesia habría estado acabada antes de
comenzar a crecer.
En vez de ello, la Iglesia reconoció que no se juzga algo
por aquellos que no lo viven, sino por quienes sí lo viven. En vez de centrarse
en aquel que traicionó a Jesús, se centraron en los otros once, gracias a cuya
labor, predicación, milagros y amor por Cristo, nosotros estamos aquí hoy. Es
gracias a los otros once -todos los cuales, excepto San Juan, fueron
martirizados por Cristo y por el Evangelio, por el cual estuvieron dispuestos a
dar sus vidas para proclamarlo- que nosotros llegamos a escuchar la palabra
salvífica de Dios, que recibimos los sacramentos de la vida eterna.
Hoy somos confrontados por esa misma realidad. Podemos
centrarnos en aquellos que traicionaron al Señor, aquellos que abusaron en vez
de amar a quienes estaban llamados a servir, o, como la primera Iglesia,
podemos enfocarnos en los demás, en los que han permanecido fieles, esos
sacerdotes que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y para
servirlos a ustedes por amor. Los medios casi nunca prestan atención a los
buenos "once", aquellos a quienes Jesús escogió y que permanecieron
fieles, que vivieron una vida de silenciosa santidad. Pero nosotros, la
Iglesia, debemos ver el terrible escándalo que estamos atestiguando bajo una
perspectiva auténtica y completa.
El escándalo desafortunadamente no es algo nuevo para la
Iglesia. Hubo muchas épocas en su historia, cuando estuvo peor que ahora. La
historia de la Iglesia es como la definición matemática del coseno, es decir,
una curva oscilatoria con movimientos de péndulo, con bajas y altas a lo largo
de los siglos. En cada una de esas épocas, cuando la Iglesia llegó a su punto
más bajo, Dios elevó a tremendos santos que llevaron a la Iglesia de regreso a
su verdadera misión. Es casi como si en aquellos momentos de oscuridad, la Luz
de Cristo brillara más intensamente.
Yo quisiera centrarme un poco en un par de santos a quienes
Dios hizo surgir en esos tiempos tan difíciles, porque su sabiduría realmente
puede guiarnos durante este tiempo difícil. San Francisco de Sales fue un santo
a quien Dios hizo surgir justo después de la Reforma Protestante. La Reforma
Protestante no brotó fundamentalmente por aspectos teológicos, por asuntos de
fe –aunque las diferencias teológicas aparecieron después- sino por aspectos
morales. Había un sacerdote agustino, Martín Lutero, quien fue a Roma durante
el papado más notorio de la historia, el del Papa Alejandro VI. Este Papa jamás
enseñó nada contra la fe -el Espíritu Santo lo evitó- pero fue simplemente un
hombre malvado. Tuvo nueve hijos de seis diferentes concubinas. Llevó a cabo
acciones contra aquellos que consideraba sus enemigos. Martín Lutero visitó
Roma durante su papado y se preguntaba cómo Dios podía permitir que un hombre
tan malvado fuera la cabeza visible de Su Iglesia. Regresó a Alemania y observó
toda clase de problemas morales.
Los sacerdotes vivían abiertamente relaciones con mujeres.
Algunos trataban de obtener ganancias vendiendo bienes espirituales. Privaba
una inmoralidad terrible entre los laicos católicos. Él se escandalizó, como le
hubiera ocurrido a cualquiera que amara a Dios, por esos abusos desenfrenados.
Así que fundó su propia iglesia. Eventualmente Dios hizo surgir a muchos santos
que combatieran esta solución equivocada y trajeran de regreso a las personas a
la Iglesia fundada por Cristo.
San Francisco de Sales fue uno de ellos. Poniendo en riesgo
su vida, recorrió Suiza, donde los calvinistas eran muy populares, predicando
el Evangelio con verdad y amor. Muchas veces fue golpeado en su camino y dejado
por muerto. Un día le preguntaron cuál era su postura en relación al escándalo
que causaban tantos de sus hermanos sacerdotes. Lo que él dijo es tan
importante para nosotros hoy como lo fue en aquel entonces para quienes lo
escucharon.
Él no se anduvo con rodeos. Dijo: "Aquellos que cometen
ese tipo de escándalos son culpables del equivalente espiritual a un asesinato,
destruyendo la fe de otras personas en Dios con su pésimo ejemplo". Pero
al mismo tiempo advirtió a sus oyentes: "Pero yo estoy aquí entre ustedes
hoy para evitarles un mal aún peor. Mientras que aquellos que causan el
escándalo son culpables de asesinato espiritual, los que acogen el escándalo
-los que permiten que los escándalos destruyan su fe-, son culpables de
suicidio espiritual".
Son culpables, dijo él, "de cortar de tajo su vida con
Cristo, abandonando la fuente de vida en los Sacramentos, especialmente la
Eucaristía". San Francisco de Sales anduvo entre la gente de Suiza
tratando de prevenir que cometieran un suicidio espiritual a causa de los
escándalos. Y yo estoy aquí hoy para predicarles lo mismo a ustedes. ¿Cuál debe
ser entonces nuestra reacción?
Otro gran santo que vivió en tiempos particularmente
difíciles también puede ayudarnos. El gran San Francisco de Asís vivió alrededor
del año 1200, que fue una época de inmoralidad terrible en Italia central. Los
sacerdotes daban ejemplos espantosos. La inmoralidad de los laicos era aún
peor. San Francisco mismo, siendo joven, había escandalizado a otros con su
manera despreocupada de vivir. Pero eventualmente, se convirtió al Señor, fundó
a los Franciscanos, ayudó a Dios a reconstruir Su Iglesia y llegó a ser uno de
los más grandes santos de todos los tiempos. Una vez, uno de los hermanos de la
Orden de Frailes Menores le hizo una pregunta. Este hermano era muy susceptible
a los escándalos. "Hermano Francisco," le dijo, "¿qué harías tu
si supieras que el sacerdote que está celebrando la Misa tiene tres concubinas
a su lado?" Francisco, sin dudar un sólo instante, le dijo muy despacio:
"Cuando llegara la hora de la Sagrada Comunión, iría a recibir el Sagrado
Cuerpo de mi Señor de las manos ungidas del sacerdote."
¿A dónde quiso llegar Francisco? Él quiso dejar en claro una
verdad formidable de la fe y un don extraordinario del Señor. Sin importar cuán
pecador pueda ser un sacerdote, siempre y cuando tenga la intención de hacer lo
que hace la Iglesia -en Misa, por ejemplo, cambiar el pan y el vino en la carne
y la sangre de Cristo, o en la confesión, sin importar cuán pecador sea él en lo
personal, perdonar los pecados del penitente, Cristo mismo actúa en los
sacramentos a través de ese ministro. Ya sea que el Papa celebre la Misa o que
un sacerdote condenado a muerte por un crimen celebre la Misa, en ambos casos
es Cristo mismo quien actúa y nos da Su cuerpo y Su sangre.
Así que lo que Francisco estaba diciendo en respuesta a la
pregunta de su hermano religioso al manifestarle que él recibiría el Sagrado
Cuerpo de Su Señor que sus manos ungidas del sacerdote, es que no iba a
permitir que la maldad o inmoralidad del sacerdote lo llevaran a cometer
suicidio espiritual. Cristo puede seguir actuando y de hecho actúa incluso a
través del más pecador de los sacerdotes. ¡Y gracias a Dios que lo hace!
Y es que si siempre tuviéramos que depender de la santidad
personal del sacerdote, estaríamos en graves problemas.
Los sacerdotes son elegidos por Dios de entre los hombres y
son tentados como cualquier ser humano y caen en pecado como cualquier ser
humano. Pero Dios lo sabía desde el principio. Once de los primeros doce
Apóstoles se dispersaron cuando Cristo fue arrestado, pero regresaron; uno de
los doce traicionó al Señor y tristemente nunca regresó. Dios ha hecho los
sacramentos esencialmente "a prueba de los sacerdotes", esto es, en
términos de su santidad personal. No importa cuán santos estos sean o cuán
malvados, siempre y cuando tengan la intención de hacer lo que hace la Iglesia,
entonces actúa Cristo mismo, tal como actuó a través de Judas cuando Judas
expulsó a los demonios y curó a los enfermos.
Así que, de nuevo, les pregunto: ¿Cuál debe ser la respuesta
de la Iglesia a estos actos? Se ha hablado mucho al respecto en los medios.
¿Tiene la Iglesia que trabajar mejor, asegurándose que nadie con predisposición
a la pedofilia sea ordenado? Absolutamente. Pero esto no sería suficiente.
¿Tiene la Iglesia que actuar mejor para tratar estos casos cuando sean
reportados? La Iglesia ha cambiado su manera de abordar estos casos y hoy la
situación es mucho mejor de lo que fue en los años ochenta, pero siempre puede
ser perfeccionada.
Pero aún esto no sería suficiente. ¿Tenemos que hacer más
para apoyar a las víctimas de tales abusos? ¡Sí, tenemos que hacerlo, tanto por
justicia como por amor! Pero ni siquiera esto es lo adecuado. El Cardenal Law
ha hecho que la mayoría de los rectores de las escuelas de medicina en Boston
trabajen en el establecimiento de un centro para la prevención del abuso en
niños, que es algo que todos nosotros debemos apoyar. Pero ni siquiera esto es
una respuesta suficiente ¡La única respuesta adecuada a este terrible
escándalo, -, como San Francisco de Sales reconoció en 1600 e incontables otros
santos han reconocido en cada siglo-, es la SANTIDAD!
¡Toda crisis que enfrenta la Iglesia, toda crisis que el
mundo enfrenta, es una crisis de santidad! La santidad es crucial, porque es el
rostro autentico de la Iglesia. Siempre hay personas -un sacerdote se encuentra
con ellas regularmente, ustedes probablemente conocen a varias de ellas
también-, que usan excusas para justificar por qué no practican su fe, por qué
lentamente están cometiendo suicidio espiritual. Puede ser porque una monja se
portó mal con ellos cuando tenían 9 años. O porque no entienden las enseñanzas
de la Iglesia sobre algún asunto particular.
Indudablemente habrá muchas personas estos días -y ustedes
probablemente se encontraran con ellas- que dirán: "¿Para qué practicar la
fe, para qué ir a la Iglesia, si la Iglesia no puede ser verdadera, cuando los
así llamados elegidos son capaces de hacer el tipo de cosas que hemos estado
leyendo?" Este escándalo es como un perchero enorme donde algunos trataran
de colgar su justificación para no practicar la fe. Por eso es que la santidad
es tan importante. Estas personas necesitan encontrar en todos nosotros una razón
para tener fe, una razón para tener esperanza, una razón para responder con
amor al amor del Señor.
Las bienaventuranzas que leemos en el Evangelio de hoy son
una receta para la santidad. Todos necesitamos vivirlas más. ¿Tienen que ser
más santos los sacerdotes? Seguro que sí. ¿Tienen que ser más santos los
religiosos y religiosas y dar un testimonio aún mayor de Dios y del Cielo?
Absolutamente. Pero todas las personas en la Iglesia tienen que hacerlo,
¡incluyendo a los laicos! Todos tenemos la vocación de ser santos y esta crisis
es una llamada para que despertemos.
Estos son tiempos duros para ser sacerdote hoy. Son tiempos
duros para ser católicos hoy. Pero también son tiempos magníficos para ser un
sacerdote hoy y tiempos magníficos para ser católicos hoy. Jesús dice en las
bienaventuranzas que escuchamos hoy: "Bienaventurados serán cuando los
injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes
por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los
cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a
ustedes". Yo he experimentado de primera mano esta bienaventuranza, al
igual que otros sacerdotes que conozco.
A principios de esta semana, cuando terminé de hacer
ejercicio en un gimnasio local, salía yo del vestidor con mi traje negro de
clérigo. Una madre, apenas me vio, inmediata y apresuradamente apartó a sus
hijos del camino y los protegió de mí mientras yo pasaba. Me miró cuando pasé y
cuando me había alejado lo suficiente, respiró aliviada y soltó a sus hijos
como si yo fuera a atacarlos a mitad de la tarde en un club deportivo.
Pero mientras que todos nosotros quizá tengamos que padecer
tales insultos y falsedades por causa de Cristo, de hecho debemos regocijarnos.
Es un tiempo fantástico para ser cristianos hoy, porque es un tiempo en el que
Dios realmente necesita de nosotros para mostrar Su verdadero rostro. En
tiempos pasados en Estados Unidos, la Iglesia era respetada. Los sacerdotes
eran respetados. La Iglesia tenía reputación de santidad y bondad. Pero ya no
es así. Uno de los más grandes predicadores en la historia estadounidense, el
Obispo Fulton J. Sheen, solía decir que él prefería vivir en tiempos en los que
la Iglesia sufre en vez de cuando florece, cuando la Iglesia tiene que luchar,
cuando la Iglesia tiene que ir contra la cultura.
Esas épocas para que los verdaderos hombres y las verdaderas
mujeres dieran un paso al frente y contaran. "Hasta los cadáveres pueden
flotar corriente abajo," solía decir, señalando que muchas personas salen
adelante fácilmente cuando la Iglesia es respetada, "pero se necesita de
verdaderos hombres, de verdaderas mujeres, para nadar contra la
corriente." ¡Qué cierto es esto!
Hay que ser un verdadero hombre y una verdadera mujer para
mantenerse a flote y nadar contra la corriente que se mueve en oposición a la
Iglesia. Hay que ser un verdadero hombre y una verdadera mujer para reconocer
que cuando se nada contra la corriente de las críticas, estamos más seguros que
cuando permanecemos adheridos a la Roca sobre la que Cristo fundó su Iglesia.
Este es uno de esos tiempos. Es uno de los grandes momentos para ser
cristianos.
Algunas personas
predicen que en esta región la Iglesia pasará tiempos difíciles y quizá sea
así, pero la Iglesia sobrevivirá, porque el Señor se asegurará de que
sobreviva. Una de las más grandes réplicas en la historia sucedió justamente
hace unos 200 años. El emperador francés Napoleón engullía con sus ejércitos a
los países de Europa con la intención final de dominar totalmente el mundo.
En aquel entonces dijo una vez al Cardenal Consalvi:
"Voy a destruir su Iglesia" El Cardenal le
contestó: "No, no podrá". Napoleón, con sus 150 cm. de altura, dijo
otra vez: "¡Voy a destruir su Iglesia!" El Cardenal dijo confiado:
"No, no podrá.! Ni siquiera nosotros hemos podido hacerlo!". Si los malos Papas, los sacerdotes infieles y miles de
pecadores en la Iglesia no han tenido éxito en destruirla desde su interior -le
estaba diciendo implícitamente al general- ¿cómo cree que Ud. va a poder
hacerlo?
El Cardenal apuntaba a una verdad crucial. Cristo nunca
permitirá que Su Iglesia fracase. El prometió que las puertas del infierno no
prevalecerían sobre Su Iglesia, que la barca de Pedro, la Iglesia que navega en
el tiempo hacia su puerto eterno en el cielo, nunca se volcará, no porque
aquellos que van en ella no cometan todos los pecados posibles para hundirla,
sino porque Cristo, que también está en la barca, nunca permitirá que esto
suceda. Cristo sigue en la barca y Él nunca la abandonará.
La magnitud de este escándalo podría ser tal, que de ahora
en adelante ustedes encuentren difícil confiar en los sacerdotes de la misma
manera como lo hicieron en el pasado. Esto puede suceder y podría no ser tan
malo. ¡Pero nunca pierdan la confianza en el Señor! ¡Es Su Iglesia! Aún cuando
algunos de Sus elegidos lo hayan traicionado, Él llamará a otros que serán
fieles, que los servirán a ustedes con el amor que merecen ser servidos, tal
como ocurrió después de la muerte de Judas, cuando los once Apóstoles se
pusieron de acuerdo y permitieron que el Señor eligiera a alguien que tomara el
lugar de Judas y escogieron al hombre que terminó siendo San Matías, quien
proclamó fielmente el Evangelio hasta ser martirizado por él.
¡Este es un tiempo en el que todos nosotros necesitamos
concentrarnos aún más en la santidad! ¡Estamos llamados a ser santos y cuánto
necesita nuestra sociedad ver ese rostro hermoso y radiante de la Iglesia!
Ustedes son parte de la solución, una parte crucial de la solución. Y cuando
caminen al frente hoy para recibir de las manos ungidas de este sacerdote el
Sagrado Cuerpo del Señor, pídanle a Él que los llene de un deseo real de
santidad, un deseo real de mostrar Su autentico rostro.
Una de las razones por las que yo estoy aquí como sacerdote
para ustedes hoy es porque siendo joven, me impresionaron negativamente algunos
de los sacerdotes que conocí. Los veía celebrar la Misa y casi sin reverencia
alguna dejaban caer el Cuerpo del Señor en la patena, como si tuvieran en sus
manos algo de poco valor en vez de al Creador y Salvador de todos, en vez de a
MI Creador y Salvador. Recuerdo haberle dicho al Señor, reiterando mi deseo de
ser sacerdote: "¡Señor, por favor, déjame ser sacerdote para que pueda
tratarte como Tú mereces!" Eso me dio un ardiente deseo de servir al
Señor.
Quizá este escándalo les permita a ustedes hacer lo mismo.
Este escándalo puede ser algo que los conduzca por el camino del suicidio
espiritual o algo que los inspire a decir, finalmente, "Quiero ser santo,
para que yo y la Iglesia podamos glorificar Tu nombre como Tú lo mereces, para
que otros puedan encontrarte en el amor y la salvación que yo he
encontrado." Jesús está con nosotros, como lo prometió, hasta el final de
los tiempos.
Él sigue en la barca. Tal como a partir de la traición de Judas,
Él alcanzó la más grande victoria en la historia del mundo, nuestra salvación
por medio de Su Pasión, muerte y Resurrección, también a través de este episodio
Él puede traer y quiere traer un nuevo renacimiento de la santidad, para lanzar
unos nuevos Hechos de los Apóstoles en el siglo XXI, con cada uno de nosotros
-y esto te incluye a TI- jugando un papel estelar.
Ahora es el tiempo para que los verdaderos hombres y mujeres
de la Iglesia se pongan de pie. Ahora es el tiempo de los santos. ¿Cómo vas a
responder tú?
La crisis que afecta a las economías de las familias ha
dejado de hacerse invisible. Como una enfermedad se ha ido manifestando poco a
poco; primero en la soledad de conversaciones familiares de los que la padecían
y que amortiguaban con subsidios. Lo visualizábamos cuando pasábamos por las
puertas de una oficina de empleo y empezábamos a ver más cola de lo habitual, y
más tarde, cuando se fue extendiendo, se percibía al pasar por determinados
centros sociales donde se facilitaba a la gente comida u otros recursos con los
que seguir viviendo con dignidad.
Actualmente las ciudades están siendo testigos de cómo los
sectores más vulnerables, dígase personas mayores, rebuscan en los contenedores
de basura con la esperanza de encontrarse lo que otros tiraron.
En medio de esta situación la Iglesia, a través de sus
instituciones como Cáritas, las congregaciones religiosas o la actividad
organizada o individual de muchas personas movidas por su fe han resuelto o
ayudado a resolver muchas situaciones de emergencia social, y lo han hecho como
siempre, en silencio, sin propaganda, sin ruido, conscientes de que el ruido
hace poco bien y de que el bien hace poco ruido.
Los cristianos seguimos teniendo muchas oportunidades de dar
testimonio de nuestra fe haciendo lo que tenemos que hacer. Es momento de pocos
discursos y grandes gestos desde las pequeñas cosas.
El hombre no es solamente un animal. Pero también el hombre es animal.
Podríamos decir que el hombre es animal espiritualmente y es espíritu
“animalmente”.
Estas afirmaciones nos ponen ante el misterio personal de
cada uno de los hombres y mujeres de nuestro planeta, y sirven para evitar
errores que se dan no pocas veces a la hora de explicar lo que es el hombre.
En efecto, algunos creen que el hombre es sólo un animal.
Más desarrollado, más complejo, más problemático, más peligroso. Pero animal,
al fin y al cabo.
Como los animales no son libres, tampoco son responsables de
sus actos. Hacen lo que hacen porque no pueden no seguir sus instintos (que
pueden ser más sencillos o más complejos). De lo contrario, habría que
establecer tribunales para condenar a los animales que “hacen mal uso de su
libertad”.
Si el hombre fuese simplemente un animal, cuando uno roba no
debería ir a la cárcel. Quizá lo mejor, entonces, sería modificar aquella parte
del cerebro que tiene dañada.
No hace muchos años, un profesor de filosofía de la
Universidad de California, en San Diego, volvía a proponer que se “curasen” a
ciertos criminales con medicinas o con operaciones neuronales, de forma que se
les quitase totalmente su agresividad. Que esto se haga con un animal, es
posible que muchos lo acepten. Sin embargo, no deja de suscitar inquietud el
que tratamientos de este tipo puedan aplicarse, incluso con la fuerza, sobre
aquellos hombres que sean definidos como “no normales”. Además, ¿quién dice que
uno es o no es normal?
Pero el hombre también es animal. Es decir, vive en un mundo
de sensaciones, de reflejos, de pulsiones instintivas, de gravitación universal
y de oxígeno que entra por los pulmones para sostener el complejo sistema de
nuestros órganos.
La “animalidad” no puede ser dejada de lado, como si
fuésemos un espíritu, un ángel, que “usa” un cuerpo. Por desgracia, la
tentación del angelismo ha tenido su fuerza en diversos momentos de la
historia. Hoy, todavía, existen quienes dicen que el hombre no puede someterse
a las leyes biológicas, porque es libre. Y, como es libre, puede hacer con su
cuerpo lo que quiera.
Con ideas como estas es lógico que se fomente, por ejemplo,
la contracepción, la esterilización, la amputación y venta de órganos (pues
cada quien puede hacer con su cuerpo lo que quiera), la prostitución, la drogadicción
y el alcoholismo, etc. Lo que pasa es que luego las leyes biológicas pasan la
cuenta. Un hombre o una mujer que han “jugado” con su cuerpo como si fuese un
muñeco al que se pueden quitar o poner piezas a gusto del consumidor, tarde o
temprano se dará cuenta de que algo no funciona, de que se ha abusado no del
cuerpo, sino de uno mismo, que es también cuerpo, animal, “de carne y hueso y
un poco de pescuezo...”.
Por eso nos resulta vital comprender lo que somos. Somos
animales espirituales y somos espíritus animales. O, en palabras clásicas,
somos una unidad inseparable de alma y de cuerpo.
No podemos pensar alta matemática sin el apoyo fundamental
(a nivel físico) de las neuronas del cerebro. No podemos hacer bien la
digestión si estamos preocupados (a nivel espiritual) por algo que nos pase en
la familia o en el trabajo.
También la oración, ese momento en el que elevamos lo más
profundo de nuestro ser al Dios que nos ha creado y redimido, es realizada con
todo nuestro ser, con el alma y con el cuerpo. Por eso los santos, en sus
momentos de éxtasis, llegan incluso a elevarse sobre el suelo: el cuerpo
participa de algún modo en las actividades superiores del espíritu.
Hay corrientes de pensamiento que quieren reducir al hombre
a lo puramente animal. Hay otras corrientes que defienden un dualismo
exagerado. Muy pocas, aunque las hay, son las voces que promueven un
“angelismo” anacrónico.
Frente a estos reduccionismos, resulta imprescindible
conocer al hombre, según el famoso mandato escrito en un templo griego:
“conócete a ti mismo”. Un hombre que es espiritual y corporal, que escribe
novelas y que se indigesta cuando toma fresas mal preparadas.
Sólo así respetaremos nuestra vida biológica y la de todos
los que viven con nosotros (también la de los niños en el seno de su madre).
Sólo así sabremos que somos algo grande, libertades e inteligencias, pero
encarnadas, “animaladas”. Reconoceremos entonces que en cada uno de nuestros
gestos y palabras, medibles físicamente, se esconde el misterio de un espíritu
que inició su vida el día de su concepción y que espera vivir, eternamente,
también con un cuerpo glorioso cuando llegue el día de la resurrección.
Da la casualidad de que lo nuestro, lejos de constituir una
propiedad privada personal o colectiva, es sencillamente universal. Me refiero
a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, imagen plena del Padre, manifestación
perfecta del amor infinito de Dios, verdad absoluta en la que tienen su
referencia la realidad misma del hombre y todo comportamiento humano, camino
del más genuino desarrollo de la persona y de la sociedad, y fuente de
salvación eterna.
Invitando a centrarnos en lo nuestro, de ningún modo estoy
procurando un espiritualismo que nos recluya de los legítimos quehaceres
constitutivos de nuestra responsabilidad terrena y social. Hasta las monjas de
clausura trabajan en tareas temporales y salen del monasterio para emitir su
voto. Lo que ocurre es que cada uno ha de ordenar sus dedicaciones en el mundo
totalmente de acuerdo con su vocación específica, personal y concreta.
Mi llamada tiene un sentido a considerar siempre y, de modo
especial en momentos en que las circunstancias externas, sociales o políticas,
educativas o culturales, pueden estar presionando sobre el alma cristiana
haciéndole sentir cierta incomodidad, desánimo o desilusión en lo que se
refiere a la presencia y acción social claramente católica y apostólica.
No podemos hacer caso a los hombres antes que a Dios. Y el
Señor nos ha capacitado y nos ha enviado para ser luz del mundo, sal de la
tierra, hermanos entre amigos y entre los enemigos, mensajeros de la promesa de
salvación, profetas de la alegría interior aún en medio de las contrariedades,
penurias y dolores, y testigos del amor que puede transformar el mundo.
Es verdad que nuestra vida no será siempre fiel espejo de
cuanto constituye nuestra identidad cristiana, ni adecuada manifestación de lo
que el Señor quiere dar a conocer a los hombres por mediación nuestra. Por eso,
la primera condición del cristiano ha de ser la humilde manifestación de la
propia realidad pecadora, expresión de la confiada esperanza en la infinita
misericordia de Dios, y testimonio de una constante y sincera conversión.
Pero, en medio de todo ello, no es justo olvidar la misión
recibida de Jesucristo en beneficio del prójimo. Sus palabras, dirigidas de
modo inmediato a sus Apóstoles antes de ascender a los cielos, no dan lugar a
oscuridad alguna, ni a posible confusión: “Id y haced discípulos de todas las
gentes…”. Esto es, discípulos de Jesucristo, que es “camino, Verdad y Vida”,
pontífice supremo que nos acerca a Dios (Él mismo es Dios), y modelo
insuperable de lo que significa vivir en plenitud nuestra realidad histórica y
nuestro peregrinar por el mundo hacia la eternidad.
Precisamente porque Jesucristo es todo eso, nuestro
apostolado no es ni puede ser nunca un simple intento de aumentar los afiliados
a una institución, a la Iglesia; ni el empeño por destruir o desacreditar
cualquier forma de vida religiosa distinta o ajena. Nuestro apostolado es un
deber de justicia con el prójimo. Creemos firmemente que quien conoce al Señor,
quien se familiariza con el Evangelio, quien procura vivir siguiendo a
Jesucristo, quien experimenta el don inmenso de la misericordia divina, quien
se acerca a Dios en la oración tal como Cristo nos enseñó, y quien practica la
caridad a la que estamos convocados por el Bautismo, abre su vida a una
profundidad, a una amplitud de horizontes, a una plenitud humana y a una
esperanza trascendente que superan con creces cuanto pudiera descubrir cada uno
por sí mismo, y cuanto alcanzara a vivir estando sometido a las limitaciones de
la propia naturaleza, de los condicionantes terrenos y de las promesas
meramente humanas.
Por todo ello, mi llamada pretende ser clara y estimulante,
en cumplimiento gustoso del ministerio pastoral que me compete para gloria de
Dios y para el servicio al Pueblo de Dios que el Señor me ha encomendado. Para
vuestro servicio, queridos fieles cristianos de nuestra Iglesia particular,
quiero insistir en la urgente necesidad de que nos lancemos, ahora más que
nunca si cabe hablar así, a ser verdaderos apóstoles de Jesucristo, tan
humildes por el conocimiento de nuestras limitaciones, como valientes por la
conciencia de que no nos predicamos a nosotros mismos sino que proclamamos el
amor, la misericordia y la salvación que el Señor nos ha regalado mediante su
pasión, muerte y resurrección.
No tengamos miedo ni nos avergoncemos. Cristo ha vencido al
mundo, y nos ha elegido a nosotros, limitados y pecadores, precisamente para
manifestar claramente que la luz y la salvación que Él nos manda anunciar, no
es obra de hombres, tantas veces falaces, sino de Dios, que nos ama por encima
de todo y siempre.
Pase lo que pase, nosotros, fieles a la llamada de Dios,
vayamos a “lo nuestro” que es lo más nuestro porque es lo propio de Dios: ser
apóstoles de la plenitud en la tierra y de la salvación eterna en el cielo.
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Artículo de Monseñor Santiago García Aracil, Arzobispo de
Mérida-Badajoz
Semanario No. 801 del 2 de mayo de 2010
Iglesia en Camino, Archidiócesis de Mérida-Badajoz (España)