La mayoría de las personas tiene miedo a la fase
terminal de
una enfermedad pues esta implica una dependencia radical, un sentimiento
de
impotencia y algunas veces también dolor.
Controlar el dolor es una
obligación
seria, si no central, de los profesionales de la salud y de todos los
que
cuidan de los moribundos. Si bien es cierto que no se deben administrar
dosis
altas de analgésicos con el objetivo de causar directamente la muerte,
sí es
posible darlas a los pacientes terminales aun y cuando de manera
indirecta las
dosis cada vez más altas necesarias para aliviar el dolor puedan acortar
su
vida. Una atención médica paliativa o terminal de calidad se esmera en
proporcionar medicamentos efectivos, aunque no excesivos, para controlar
el dolor.
Algunos pacientes, sin embargo, al verse ante la
perspectiva
del dolor y la enfermedad al final de la vida, y aún estando en pleno
uso de
sus facultades, optan por la eutanasia activa más bien que por la
atención
médica paliativa. Durante el verano de 2009, el británico Sir Edward
Downes
conocido como el mejor director musical de las obras de Verdi y su
esposa
Joan, tomaron la decisión de viajar a Zurich, a la clínica de suicidio
asistido
Dignitas y acabar con sus vidas. A Joan se le había diagnosticado cáncer
terminal; Sir Edward, de 85 años, no tenía enfermedad terminal sino
deficiencia
visual y sordera progresiva. En la clínica Dignitas, ubicada en un
parque
industrial, permanecieron en cama y se les permitió tomar una dosis
letal de
barbitúricos. Suiza permite a los extranjeros ingresar al país para
suicidarse,
con muy pocas restricciones en el proceso. Los médicos están prestos a
administrar a los pacientes un medicamento de uso veterinario, así que
unos
cuantos minutos después de beber un vaso de agua mezclada con
pentobarbital
sódico quedan inconscientes y en menos de una hora mueren.
El que un paciente esté considerando o pidiendo
la
eutanasia
puede ser un indicador de que son otras sus preocupaciones o temores. El
Dr.
Teno y el Dr. Lynn, médicos de pacientes terminales, lo expresan así:
Los pacientes de primer ingreso en cuidados
paliativos
frecuentemente quieren terminar con todo. En primera instancia esto
puede
parecer una solicitud de eutanasia activa, sin embargo muchas veces es
una
manifestación de su miedo al dolor, al sufrimiento y al aislamiento, o a
una
agonía prolongada por la tecnología. Por otra parte, estas peticiones
quizá
sean intentos del paciente por ver si en realidad a alguien le preocupa
si vive
o muere. Cumplir estos deseos con aceptación y prontitud puede resultar
desastroso para el paciente pues lo interpreta como la confirmación de
que no
vale nada.
Es posible también que las personas en
condiciones
de
fragilidad o edad avanzada se perciban a sí mismas como una carga para
los
demás, de manera que el que pidan la eutanasia puede indicar que les
preocupa
estar imponiéndose sobre la familia o allegados. Pero analizándolo,
por
supuesto que todos tenemos el derecho a ser una carga para otros. Cuando
éramos
bebés, niños, y especialmente adolescentes, fuimos cargas para
nuestros
padres. Esto nos permite ver cómo la idea misma de familia está
enraizada en la
noción de las cargas mutuas compartidas entre los integrantes de la
familia.
Estamos frente al verdadero reto de construir una cultura de la familia
aun más
fuerte (incluyendo la cultura de la atención médica) que promueva este
apoyo
mutuo.
Quienes se suicidan cortan de tajo con el apoyo y
la unidad
familiar. Estas personas quizá supongan que nadie resultará
particularmente
lastimado o afectado excepto ellas mismas, sin embargo, típicamente lo
que
sucede es lo contrario. Aun y cuando el suicidio esté asociado a alguna
enfermedad mental, como sucede muchas veces, es probable que detrás de
la
pérdida de su ser querido los familiares y allegados queden con un
sentimiento
de transgresión o traición.
De igual manera, es común que este mismo
sentimiento de
traición esté presente cuando la eutanasia voluntaria llega a una
familia. Los
parientes tomados por sorpresa quizá se culpen por no haber puesto
atención; a
otros les será difícil racionalizar el hecho y tratarán de acomodarlo lo
mejor
que pueden: Mamá tomó el asunto por su cuenta y encontró quien le
ayudara a
resolverlo, o sus amigos le ayudaron en ese difícil trance y le
hicieron
fácil decir adiós en sus propios términos.
En resumen, la eutanasia y el suicidio asistido
no
son más
que formas de hacer corto circuito a nuestras interrelaciones e
interconexiones
humanas; fundamentalmente actos de violencia que más que ayudar
lastiman. Estas
decisiones dejan una sombra muy obscura sobre la vida que ha sido
terminada.
Acabar bien con nuestras vidas, por el contrario, es estar abiertos a
recibir
la ayuda amorosa de otras personas y aceptar la parte de sufrimiento que
pueda presentarse
en nuestro camino, humanizando así no satanizando nuestra fragilidad,
enfermedad o edad avanzada. Procurarnos unos a otros al final de la vida
en
nuestros momentos de temor, soledad y sufrimiento, enaltece ese
importante
pasaje que cada uno de nosotros debe recorrer y donde la muerte llega en
el
momento providencial de Dios como una culminación de Su obra en
nosotros.
---
(*) El Padre Tadeusz Pacholczyk hizo su
doctorado en
neurociencias en la Universidad de Yale y su trabajo post-doctoral en la
Universidad
de Harvard. Es Sacerdote para la Diócesis de Fall River, Massachusetts, y
se
desempeña como Director de Educación en el Centro Nacional Católico de
Bioética
en Philadelphia. The National Catholic Bioethics Center:
www.ncbcenter.org
Traducción: María Elena Rodríguez.
***
Salas
de Inyección Segura y Campañas contra las Drogas
Las llamadas salas de inyección segura son
lugares
especiales a donde los adictos a las drogas pueden acudir para
inyectarse
substancias ilegales, sin el temor de ser arrestados o investigados. Uno
de
estos sitios ha estado operando durante
varios años en Canadá, en el lado Este de Vancouver. Los
adictos de las áreas cercanas reciben ahí
agujas higiénicas, ampolletas con agua estéril, algodones con alcohol
para
higienizar las áreas de inyección, bandas adhesivas, ácido ascórbico en
polvo
(para diluir las drogas) y herramientas en forma de pequeñas cucharas
metálicas. El gobierno canadiense ha estado aportando los fondos para
esta sala
y está en el proceso de renovarlos. Otras ciudades como San Francisco y
Nueva
York también están considerando el instituir sitios como éste. Muchos
grupos se
oponen a estas zonas de drogas pues las ven como colaboradoras, si no
como
promotoras directas, de una práctica claramente contraria a la ética y
que daña
seriamente a la sociedad. El argumento de estos grupos es que los
contribuyentes de impuestos no deberían ser obligados a aportar dinero
para
sitios donde las personas pueden consumir substancias ilegales y
destruir sus
vidas.
La idea detrás de las salas de inyección segura
es reducir
los daños colaterales de la drogadicción. Quienes apoyan la iniciativa
afirman
que desde que los adictos hacen uso de estos sitios el índice de
criminalidad
en el lado Este de Vancouver ha descendido, y que los índices de SIDA y
hepatitis han disminuido debido a la disponibilidad de agujas limpias.
Así mismo,
manifiestan que la observación por parte de las enfermeras hará que
disminuyan
las muertes por sobredosis pues desde dicho lugar se puede llamar a las
ambulancias más fácilmente que si los adictos se inyectan estando solos
en un
callejón obscuro. Argumentan también que el programa de intercambio de
agujas
usadas por agujas nuevas permite a los usuarios mantenerse sanos hasta
que
reciban ayuda en cuanto a su problema de adicción. Hasta un sacerdote ha
escrito, a manera de defensa de estos sitios, que Algunas personas
podrían
decir que les estamos dando nuestra aprobación. Yo no estoy de acuerdo
con eso
porque sería como asumir que se trata de personas capaces tomar
decisiones. Y
cuando de personas adictas se trata, estamos hablando de peces de otro
estanque.
Esto es como decir, en otras palabras, que los adictos, al igual que los
peces,
no tienen libre albedrío.
Aunque ciertamente la adicción a las drogas lesiona
profundamente la libertad humana, sería falso concluir por ello que un
adicto
no puede elegir. La única razón por la que aún existe alguna esperanza
para él
es, precisamente, porque todavía conserva un pequeño espacio de libertad
para
actuar y decidir si emprende o no un nuevo camino. Él todavía puede
elegir dar
el primer paso por una senda que lo aleje de la adicción y lo conduzca a
la
rehabilitación. Nuestra estrategia pública al tratar las adicciones debe
siempre mostrar una gran sensibilidad hacia ese pequeño espacio de
libertad que
permanece en cada individuo que lucha contra su adicción. Después de
todo, es
precisamente esta libertad la que nos distingue de las demás creaturas.
La afirmación tan publicitada de que las salas de
inyección
segura reducen los daños colaterales del abuso de las drogas es en sí
misma
dudosa. El investigador científico Garth Davies, en la conclusión de un
extensivo análisis sobre el tema, hace notar cómo los lugares para
inyección
segura son frecuentemente acreditados como generadores de efectos
positivos,
lo cual no surge de una evidencia empírica sólida. La declaración de
que los
índices de criminalidad bajaron en Vancouver a partir de la apertura de
la sala
de inyección segura, puede ser el resultado de la inyección de 60
oficiales de
policía en el área cuando las instalaciones abrieron (incluyendo cuatro
oficiales
posicionados justo afuera del edificio) y no debido a las inyecciones
que se
llevan a cabo dentro de la sala misma. El investigador concluye, Lo
cierto es
que ninguno de los impactos atribuidos a las salas de inyección segura
pueden
ser verificados con certeza.
Más que a salas de inyección segura, los fondos
públicos
deberían ser dirigidos hacia programas de rehabilitación. Hay quienes
manifiestan que tal vez estos sitios pueden ser la oportunidad para
encaminar a
los adictos hacia a la rehabilitación. Sin embargo es una contradicción
que por
una parte se facilite la adicción y por la otra se promueva la
rehabilitación.
Esta contradicción se puede apreciar claramente en
lo que
nuestra sociedad ha aprendido respecto al alcoholismo. La mayoría de
nosotros
hemos visto inclusive en nuestras propias familias y vecinos lo
destructiva
que puede ser la adicción al alcohol. El alcoholismo puede devastar no
sólo la
vida de la persona sino la de su familia también; puede hacerla perder
su
empleo y hasta poner en peligro las vidas de otras personas en algunos
casos
cuando se está o se conduce en ese estado. También hemos sido testigos
de lo
útiles que han sido para los alcohólicos los programas de doce pasos
como el de
Alcohólicos Anónimos, donde la experiencia de millones de otros adictos
hace
evidente que la única manera en que ellos pueden superar su adicción es a
través del apoyo mutuo para no volver a tomar otro trago.
Imaginemos por un momento que, en lugar de
respaldar estos
programas de AA y los centros de rehabilitación, el gobierno
estableciera bares
donde los alcohólicos pudieran ir a embriagarse, donde se les
proporcionaran
vasos limpios, mobiliario y baños, aperitivos y entremeses saludables
además de
protección policiaca para que no sean asaltados en los callejones
obscuros.
¿Pensaríamos realmente que esto sería promover su rehabilitación?
Quienes
luchan contra las adicciones merecen iniciativas públicas que los
rehabiliten,
no que faciliten su adicción.
---
(*) El Padre Tadeusz Pacholczyk hizo su
doctorado
en neurociencias en la Universidad de Yale y su trabajo post-doctoral en
la
Universidad de Harvard.Es Sacerdote
para la Diócesis de Fall River, Massachusetts, y se desempeña como
Director de
Educación en el Centro Nacional Católico de Bioética en Philadelphia.
The
National Catholic Bioethics Center:www.ncbcenter.org
Traducción: María Elena Rodríguez
Esta columna tiene
derechos de autor. Se publica aquí con autorización expresa. Para leer
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