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Eutanasia: destruyendo recuerdos, rompiendo lazos.

Padre Tad Pacholczyk* Noviembre, 2009

 De la serie “Making Sense Out of Bioethics”

National Catholic Bioethics Center

 
 
La mayoría de las personas tiene miedo a la fase terminal de una enfermedad pues esta implica una dependencia radical, un sentimiento de impotencia y algunas veces también dolor.
 
Controlar el dolor es una obligación seria, si no central, de los profesionales de la salud y de todos los que cuidan de los moribundos. Si bien es cierto que no se deben administrar dosis altas de analgésicos con el objetivo de causar directamente la muerte, sí es posible darlas a los pacientes terminales aun y cuando de manera indirecta las dosis cada vez más altas necesarias para aliviar el dolor puedan acortar su vida. Una atención médica paliativa o terminal de calidad se esmera en proporcionar medicamentos efectivos, aunque no excesivos, para controlar el dolor.
 
Algunos pacientes, sin embargo, al verse ante la perspectiva del dolor y la enfermedad al final de la vida, y aún estando en pleno uso de sus facultades, optan por la eutanasia activa más bien que por la atención médica paliativa. Durante el verano de 2009, el británico Sir Edward Downes –conocido como el mejor director musical de las obras de Verdi– y su esposa Joan, tomaron la decisión de viajar a Zurich, a la clínica de suicidio asistido Dignitas y acabar con sus vidas. A Joan se le había diagnosticado cáncer terminal; Sir Edward, de 85 años, no tenía enfermedad terminal sino deficiencia visual y sordera progresiva. En la clínica Dignitas, ubicada en un parque industrial, permanecieron en cama y se les permitió tomar una dosis letal de barbitúricos. Suiza permite a los extranjeros ingresar al país para suicidarse, con muy pocas restricciones en el proceso. Los médicos están prestos a administrar a los pacientes un medicamento de uso veterinario, así que unos cuantos minutos después de beber un vaso de agua mezclada con pentobarbital sódico quedan inconscientes y en menos de una hora mueren.
 
El que un paciente esté considerando o pidiendo la eutanasia puede ser un indicador de que son otras sus preocupaciones o temores. El Dr. Teno y el Dr. Lynn, médicos de pacientes terminales, lo expresan así:
 
“Los pacientes de primer ingreso en cuidados paliativos frecuentemente quieren ‘terminar con todo’. En primera instancia esto puede parecer una solicitud de eutanasia activa, sin embargo muchas veces es una manifestación de su miedo al dolor, al sufrimiento y al aislamiento, o a una agonía prolongada por la tecnología. Por otra parte, estas peticiones quizá sean intentos del paciente por ver si en realidad a alguien le preocupa si vive o muere. Cumplir estos deseos con aceptación y prontitud puede resultar desastroso para el paciente pues lo interpreta como la confirmación de que no vale nada”.
 
Es posible también que las personas en condiciones de fragilidad o edad avanzada se perciban a sí mismas como “una carga” para los demás, de manera que el que pidan la eutanasia puede indicar que les preocupa estar “imponiéndose” sobre la familia o allegados. Pero analizándolo, por supuesto que todos tenemos el derecho a ser una carga para otros. Cuando éramos bebés, niños, y especialmente adolescentes, fuimos “cargas” para nuestros padres. Esto nos permite ver cómo la idea misma de familia está enraizada en la noción de las cargas mutuas compartidas entre los integrantes de la familia. Estamos frente al verdadero reto de construir una cultura de la familia aun más fuerte (incluyendo la cultura de la atención médica) que promueva este apoyo mutuo.
 
Quienes se suicidan cortan de tajo con el apoyo y la unidad familiar. Estas personas quizá supongan que nadie resultará particularmente lastimado o afectado excepto ellas mismas, sin embargo, típicamente lo que sucede es lo contrario. Aun y cuando el suicidio esté asociado a alguna enfermedad mental, como sucede muchas veces, es probable que detrás de la pérdida de su ser querido los familiares y allegados queden con un sentimiento de transgresión o traición.
 
De igual manera, es común que este mismo sentimiento de traición esté presente cuando la eutanasia voluntaria llega a una familia. Los parientes tomados por sorpresa quizá se culpen por no haber puesto atención; a otros les será difícil racionalizar el hecho y tratarán de acomodarlo lo mejor que pueden: “Mamá tomó el asunto por su cuenta y encontró quien le ayudara a resolverlo”, o “sus amigos le ayudaron en ese difícil trance y le hicieron fácil decir adiós en sus propios términos”.
 
En resumen, la eutanasia y el suicidio asistido no son más que formas de hacer corto circuito a nuestras interrelaciones e interconexiones humanas; fundamentalmente actos de violencia que más que ayudar lastiman. Estas decisiones dejan una sombra muy obscura sobre la vida que ha sido terminada. Acabar bien con nuestras vidas, por el contrario, es estar abiertos a recibir la ayuda amorosa de otras personas y aceptar la parte de sufrimiento que pueda presentarse en nuestro camino, humanizando así –no satanizando– nuestra fragilidad, enfermedad o edad avanzada. Procurarnos unos a otros al final de la vida en nuestros momentos de temor, soledad y sufrimiento, enaltece ese importante pasaje que cada uno de nosotros debe recorrer y donde la muerte llega en el momento providencial de Dios como una culminación de Su obra en nosotros.
 
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(*) El Padre Tadeusz Pacholczyk hizo su doctorado en neurociencias en la Universidad de Yale y su trabajo post-doctoral en la Universidad de Harvard. Es Sacerdote para la Diócesis de Fall River, Massachusetts, y se desempeña como Director de Educación en el Centro Nacional Católico de Bioética en Philadelphia. The National Catholic Bioethics Center: www.ncbcenter.org Traducción: María Elena Rodríguez.

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Salas de Inyección Segura y Campañas contra las Drogas

Padre Tadeusz Pacholczyk* Julio, 2008

De la Serie “Making Sense Out of Bioethics”

National Catholic Bioethics Center

www.ncbcenter.org

 
Las llamadas “salas de inyección segura” son lugares especiales a donde los adictos a las drogas pueden acudir para inyectarse substancias ilegales, sin el temor de ser arrestados o investigados. Uno de estos sitios ha  estado operando durante varios años en Canadá, en el lado Este de Vancouver.  Los adictos de las áreas cercanas reciben ahí agujas higiénicas, ampolletas con agua estéril, algodones con alcohol para higienizar las áreas de inyección, bandas adhesivas, ácido ascórbico en polvo (para diluir las drogas) y herramientas en forma de pequeñas cucharas metálicas. El gobierno canadiense ha estado aportando los fondos para esta sala y está en el proceso de renovarlos. Otras ciudades como San Francisco y Nueva York también están considerando el instituir sitios como éste. Muchos grupos se oponen a estas zonas de drogas pues las ven como colaboradoras, si no como promotoras directas, de una práctica claramente contraria a la ética y que daña seriamente a la sociedad. El argumento de estos grupos es que los contribuyentes de impuestos no deberían ser obligados a aportar dinero para sitios donde las personas pueden consumir substancias ilegales y destruir sus vidas.
 
La idea detrás de las salas de inyección segura es reducir los daños colaterales de la drogadicción. Quienes apoyan la iniciativa afirman que desde que los adictos hacen uso de estos sitios el índice de criminalidad en el lado Este de Vancouver ha descendido, y que los índices de SIDA y hepatitis han disminuido debido a la disponibilidad de agujas limpias. Así mismo, manifiestan que la observación por parte de las enfermeras hará que disminuyan las muertes por sobredosis pues desde dicho lugar se puede llamar a las ambulancias más fácilmente que si los adictos se inyectan estando solos en un callejón obscuro. Argumentan también que el programa de intercambio de agujas usadas por agujas nuevas permite a los usuarios mantenerse sanos hasta que reciban ayuda en cuanto a su problema de adicción. Hasta un sacerdote ha escrito, a manera de defensa de estos sitios, que “Algunas personas podrían decir que les estamos dando nuestra aprobación. Yo no estoy de acuerdo con eso porque sería como asumir que se trata de personas capaces tomar decisiones. Y cuando de personas adictas se trata, estamos hablando de peces de otro estanque”. Esto es como decir, en otras palabras, que los adictos, al igual que los peces, no tienen libre albedrío.
 

Aunque ciertamente la adicción a las drogas lesiona profundamente la libertad humana, sería falso concluir por ello que un adicto no puede elegir. La única razón por la que aún existe alguna esperanza para él es, precisamente, porque todavía conserva un pequeño espacio de libertad para actuar y decidir si emprende o no un nuevo camino. Él todavía puede elegir dar el primer paso por una senda que lo aleje de la adicción y lo conduzca a la rehabilitación. Nuestra estrategia pública al tratar las adicciones debe siempre mostrar una gran sensibilidad hacia ese pequeño espacio de libertad que permanece en cada individuo que lucha contra su adicción. Después de todo, es precisamente esta libertad la que nos distingue de las demás creaturas.

La afirmación tan publicitada de que las salas de inyección segura reducen los daños colaterales del abuso de las drogas es en sí misma dudosa. El investigador científico Garth Davies, en la conclusión de un extensivo análisis sobre el tema, hace notar cómo los lugares para inyección segura son “frecuentemente acreditados como generadores de efectos positivos, lo cual no surge de una evidencia empírica sólida”. La declaración de que los índices de criminalidad bajaron en Vancouver a partir de la apertura de la sala de inyección segura, puede ser el resultado de la inyección de 60 oficiales de policía en el área cuando las instalaciones abrieron (incluyendo cuatro oficiales posicionados justo afuera del edificio) y no debido a las inyecciones que se llevan a cabo dentro de la sala misma. El investigador concluye, “Lo cierto es que ninguno de los impactos atribuidos a las salas de inyección segura pueden ser verificados con certeza”.
 
Más que a salas de inyección segura, los fondos públicos deberían ser dirigidos hacia programas de rehabilitación. Hay quienes manifiestan que tal vez estos sitios pueden ser la oportunidad para encaminar a los adictos hacia a la rehabilitación. Sin embargo es una contradicción que por una parte se facilite la adicción y por la otra se promueva la rehabilitación.
 

Esta contradicción se puede apreciar claramente en lo que nuestra sociedad ha aprendido respecto al alcoholismo. La mayoría de nosotros hemos visto –inclusive en nuestras propias familias y vecinos– lo destructiva que puede ser la adicción al alcohol. El alcoholismo puede devastar no sólo la vida de la persona sino la de su familia también; puede hacerla perder su empleo y hasta poner en peligro las vidas de otras personas en algunos casos cuando se está o se conduce en ese estado. También hemos sido testigos de lo útiles que han sido para los alcohólicos los programas de doce pasos como el de Alcohólicos Anónimos, donde la experiencia de millones de otros adictos hace evidente que la única manera en que ellos pueden superar su adicción es a través del apoyo mutuo para no volver a tomar otro trago.

Imaginemos por un momento que, en lugar de respaldar estos programas de AA y los centros de rehabilitación, el gobierno estableciera bares donde los alcohólicos pudieran ir a embriagarse, donde se les proporcionaran vasos limpios, mobiliario y baños, aperitivos y entremeses saludables además de protección policiaca para que no sean asaltados en los callejones obscuros. ¿Pensaríamos realmente que esto sería promover su rehabilitación? Quienes luchan contra las adicciones merecen iniciativas públicas que los rehabiliten, no que faciliten su adicción.
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(*) El Padre Tadeusz Pacholczyk hizo su doctorado en neurociencias en la Universidad de Yale y su trabajo post-doctoral en la Universidad de Harvard.  Es Sacerdote para la Diócesis de Fall River, Massachusetts, y se desempeña como Director de Educación en el Centro Nacional Católico de Bioética en Philadelphia. The National Catholic Bioethics Center:  www.ncbcenter.org

Traducción: María Elena Rodríguez
 

Esta columna tiene derechos de autor. Se publica aquí con autorización expresa.  Para leer más artículos del P. Tad Pacholczyk:

 

Español:  http://www.ncbcenter.org/makingsense-spanish.asp

English:  http://www.ncbcenter.org/makingsense.asp   (Versión Original)
 
 
 
 
 
 
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